
No puedo comenzar estas Crónicas con mayor pena. Ayer noche, un antiguo amigo y colega nuestro, Alberto González, fallecía mientras descansaba intoxicado por un escape de monóxido de carbono procedente de las calderas del edificio. Además, su compañera Susana se encuentra en coma tras ser rescatada, no sé si decir justo a tiempo.
Al leer lo sucedido en el periódico, no puedo evitar decir que no creo que esta muerte sea dulce. ¿Acaso hay alguna muerte que sea dulce? ¿Acaso es dulce acostarte pensando en trabajar mañana para pagar una letra de una casa o en ir con tu compañera al cine y no despertar jamás? ¿Acaso es dulce que Susana cuando despierte, y ojalá que sea pronto, descubra que Alberto ya no existe y que ni siquiera pudo decirle adiós? A mí “la dulce muerte” me parece la más cruel de todas las muertes; puede ser porque yo siempre he tenido un miedo terrible a la traición , a dormir y no despertar más, y ésta es la muerte más traicionera, te deja descansar y dormir y entonces, cuando más confiado estás, siega la débil y leve condición humana.
Alberto, yo, personalmente no creo que a hora me estés escuchando, ni que estés en ningún sitio viéndome, pero ten por seguro que aquí te recordaremos y hablaremos de ti, y nos ilusionaremos por esta engañosa vida tanto como tú te ilusionabas por ella.
Alberto, Descansa en paz.
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